Bourdieu, los chinos y las siete vidas del hombre
Esto es algo anecdótico pero que expresa una determinada forma de contemplar la vida de un individuo como algo que se transforma, que muta y se adapta.
En nuestra cultura occidental una persona tiene el mismo nombre desde que nace (o incluso desde antes) hasta que muere. Ello expresa también una unidad de la vida, del alma de un individuo.
Ya Bourdieu se dio cuenta de que una persona, a lo largo de su vida, puede ser muchas personas diferentes dependiendo del contexto, de la edad, de las circunstancias. El sociólogo francés denunciaba la falsedad de las biografías que muestran una persona coherente que sigue una línea marcada a lo largo de toda su vida. El creía que una persona necesariamente se contradecía, se transformaba a lo largo de la vida. Defendía que incluso las personas que nos rodean pueden hacernos cambiar de actitud, de tono de voz, de gestos... De “habitus” en definitiva.
Una persona no es una superficie plana y estable sino que asemeja más un caleidoscopio en el cuál la posición del objeto transforma la luz y la imagen que transmite en cada momento.
En nuestra cultura todavía rechazamos las siete (o más) vidas que una vida puede contener. Un "Yo" puede contener un "yo estudiante" diferente del "yo padre", del "yo lector", del "yo viajero" que a su vez no tiene por qué parecerse al "yo urbanita barcelonés".
Nos asustan las mil caras que podemos mostrar, las diversas personas que podemos tener. Nos sorprenden las diversas máscaras que podemos tomar. Otras culturas lo tienen asumido como algo natural. Quizás debamos aprender y aplicar esta lección al estudio de nuestra historia y de nuestra cultura.

