Sunday, April 27, 2008

Revisitando el dos de mayo

Se acerca el dos de mayo, bicentenario del alzamiento de los madrileños contra los franceses. Desde algunos medios no paran de bombardearnos con discursos patrióticos sobre el significado de esa jornada para la configuración de la Nación española. Los primeros en disparar fueron los políticos y voceros de la derecha. Los gobiernos municipal y regional de Madrid, tan necesitados ahora de fomentar un sentimiento regionalista, se ha apresurado a engalanar la ciudad y a organizar numerosos actos de recuerdo.

El gobierno socialista y sus medios lanzaron sus discursos sobre 1808 algo más tarde y, hace unos días, la Vicepresidenta Fernández de la Vega ponía el comportamiento del pueblo de Madrid aquel dos de mayo como modelo para todos los españoles.

No niego que toda comunidad política necesite de mitos fundacionales para crear consensos y afecciones. Pero el jurista historiador, como también el demócrata, debe afinar mucho a la hora de analizar estos mitos.

¿Qué pasó el dos de mayo de 1808? Todo indica que hubo una (legítima) revuelta en Madrid primero y en toda España después contra las tropas francesas. Fue una revuelta xenófoba y antifrancesa más que patriota y nacionalista. De hecho, según indican estudios como el excelentísimo libro de Álvarez Junco Mater dolorosa, parece que los españoles defendían más la figura del Rey Fernando VII y las tradiciones de la Iglesia y algo menos su sentimiento de pertenencia a una comunidad política. De hehco los franceses volvieron violentamente a España en 1823 para derrocar al régimen liberal y casi nadie en este país alzó un brazo: en esa ocasión los franceses venían a restaurar el orden de la Monarquía católica.

Puestos a conmemorar yo que creo más en los derechos que en los hechos violentos, simpatizo más con lo sucedido en Cádiz en 1812 que con la violencia antifrancesa de 1808. En 1812 la Constitución, aunque con las limitaciones de su tiempo, introdujo tímidamente el lenguaje de la libertad y de la soberanía nacional, ausente de las proclamas de los sublevados años antes. Quien sabe: será cuestión de pusilanimidad o de francofilia congénita. Aunque, si me dejasen escoger, preferiría que celebrásemos el Alzamiento de Riego, la revolución de 1868 o el 14 de abril del 1931. Pero eso sí es demasiado pedir.

En todo caso convendría que políticos y periodistas afinasen y cultivasen mitos más constructivos en lugar de recuperar el populismo belicista y francófobo que generó el 2 de mayo.
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Friday, April 11, 2008

La carta del padre

Su historia no tiene nada de extraordinario Su historia podría ser la historia de tantos otros españoles que lucharon por la República y la democracia, que se batieron para que en este país pudiese alumbrar la democracia y la justicia social. Es una historia común para su época y que, derrotados, vieron morir a familiares y amigos, fueron condenados al olvido, la represión de sus ideas, de su identidad. Su historia, una historia de lucha, de defensade la dignidad, de represión física pero sobretodo espiritual, pudo repetirse en miles de casos. Podría ser la historia de una mitad de España.
Felipe Ignacio había venido al mundo en 1918. En la casa familiar de Hortaleza se debía conversar sobre republicanismo, ideales de igualdad social y de progreso.
Su padre, Jerónimo, estaba muy concienciado políticamente. Junto a amigos y familiares fundó en los años treinta la sección local del Partido Socialista Obrero Español de Hortaleza, y desde joven Felipe Ignacio simpatizó y militó con las Juventudes Socialistas Unificadas.

Felipe cumplió los dieciocho años un mes antes de que un grupo de fascistas y reaccionarios diese un golpe de Estado. Algunos familiares suyos, su tío y su hermano, asumieron responsabilidades en el Ayuntamiento de Hortaleza. 

Felipe explicaría a sus hijos y a sus nietos muchas décadas después que su padre y su hermano murieron entonces, durante la guerra. Sin más detalles. En alguna ocasión explicó que habían muerto durante los días posteriores al 18 de julio.
En todo caso Felipe Ignacio ingresó entonces en el Quinto regimiento. Estuvo en todas las batallas de la sierra de Guadarrama defendiendo la capital de la España republicana desde las trincheras. Solamente en alguna ocasión fue enviado a el Escorial para descansar. Seguramente no sospechaba entonces que allí pasaría la mayor parte de su vida y que allí acabaría apagándose su vida setenta años después.
La guerra avanzaba y Felipe Ignacio pasaba de un frente a otro, retrocediendo a medida que avanzaban las tropas desleales y antipatriotas del general amigo de Hitler.
Años más tarde Felipe Ignacio explicaría a sus hijos y a sus nietos solamente anécdotas de esos meses, como cuando adoptó un gato que alimentaba con parte de su rancho. El gato desapareció: lo cocinaron  unos hambrientos compañeros de trinchera. Explicaba también como algunos soldados y guardias civiles se pasaban al otro frente. No explicaba nada más. No era su tema preferido
La guerra acabó para él dónde había comenzado: en la sierra de Guadarrama. Sus superiores se rindieron o desaparecieron y él, con miles de soldados y suboficiales se concentraron a la espera de las tropas vencedoras. El sentimiento de derrota debía ser enorme. Acababa la guerra, morían la República y la democracia. Pero continuaban las penurias, el hambre y la  lucha.
Con miles de compañeros fueron enviados al campo de concentración de Miranda de Ebro. Caminando por la fría meseta castellana, sin alimentación y sin ninguna misericordia por parte de los soldados franquistas. Al sentimiento de tristeza y derrota se le unían el miedo, el hambre, la incertidumbre. En el campo de concentración estuvo varias semanas hasta que, gracias al testimonio de unos compañeros de armas que se habían pasado al otro bando y que hablaron de su bondad durante el combate, fue liberado.
Felipe Ignacio pudo volver a Hortaleza y reunirse con su madre y sus familiares. Pero todavía debía expiar sus pecados políticos. Fue enviado tres años a las Canarias para cumplir el servicio militar. Años más tarde explicaría a sus nietos como una fragata inglesa asaltó el barco militar en el que se encontraba para comprobar el cumplimiento del embargo militar contra Alemania. El estaba allí y sabía que el barco llevaba armamento oculto. Solo deseaba comunicárselo a los militares británicos, que castigasen a esos oficiales franquistas, que se lo llevasen a él a Gran Bretaña para vivir en libertad. Estuvo unos minutos en posición de firmes mientras los británicos inspeccionaban el barco esperando el momento para decirles la verdad, que el barco incumplía el embargo. Pero Felipe Ignacio no hablaba inglés. Los británicos abandonaron el barco y él tuvo que
continuar su vida en una dictadura.
Después del servicio militar se trasladó a Madrid, se casó, tuvo un hijo. Cuando éste tenía seis años se trasladaron a San Lorenzo de el Escorial. Trabajó de fontanero para los hoteles de lujo que allí recibían a los miembros de las élites: el Victoria, el Miranda. Tuvo más hijos, tuvo nietos a los que explicó poco o nada de la guerra y de la postguerra.
La democracia se afianzó en España pero, por alguna razón, eso no le animaba a compartir sus recuerdos, su memoria.
Pero muy pocos años antes de morir, quien sabe si consciente de sus limitaciones o de la inevitabilidad de la muerte sorprendería a sus hijos y a sus nietos explicando su historia de la guerra. Una historia diferente de la que habían escuchado siempre. Explicó con detalles su vida en el frente, las trincheras, el ruido de la artillería enemiga, el miedo, los anhelos de victoria, sus convicciones socialistas que le permitían sobrellevar todo ese sufrimiento. Y explicó la historia de la carta del padre.
Su padre no había muerto en la guerra o en julio de 1936. Su padre había estado al frente del ayuntamiento de Hortaleza durante la guerra. Al acabar la guerra lo apresaron y lo llevaron, junto a su tío y su hermano a Colmenar Viejo. La "Victoria" no había acabado con la guerra. Había que acabar también con los opositores a Franco, con aquellos que habían sido leales a la República. Se les juzgó en una farsa de juicio con jueces militares y falangistas. Y se les condenó. A muerte. Tres condenas más entre las miles que hubo esos meses. Sentencias injustas, ilegítimas, antijurídicas. Pero inapelables. De nada sirvió que hubiesen defendido a religiosos durante los primeros meses del conflicto, que se opusieran con las armas en las manos a la quema de Iglesias: Durante los días que mediaron entre la “sentencia” y la ejecución Jerónimo, el padre de Felipe Ignacio, tuvo tiempo, fuerzas y dignidad suficientes para escribir algunas cartas a sus hijos. Les recordaba que él no había hecho nada, no había matado a nadie ni había detenido a nadie.
El día 13 de julio de 1939 se cumplía el tercer aniversario de la muerte de Calvo Sotelo. Las autoridades del “Nuevo Estado” lo iban a conmemorar por todo lo alto fusilando a miloes de presos en toda España, en Colmenar Viejo fueron cientos. El padre de Felipe Ignacio era uno de los que pagarían con su vida ese aquelarre de odio y venganza. Todavía pudo escribir una última carta a su hijo. Un texto sencillo, escueto en el que le pedía que se cuidase, que cuidase a sus hermanos, que les quería.
Por la tarde Felipe Ignacio caminaba hacia su casa en Hortaleza, saludó a unas vecinas que, al pasar él, se apiadaron de aquel pobre en voz baja. El lo oyó y allí entendió lo que había pasado. Poco después recibiría la carta. Llevaría esa carta en su cartera hasta los últimos años de su vida per no la enseñó a sus hijos. No les dijo la verdad sobre su padre, su vida, sus méritos, su final. Por miedo. Miedo a que les señalasen como rojos, que les hiciesen la vida imposible, que, en El Escorial, lejos de Hortaleza, les siguiese la condena de ser nietos de un rojo comprometido con la República. No debió ser fácil Especialmente cuando en 1960 conoció que para amplia el cementerio de Colmenar exhumaban la fosa común dónde habían tirad su cuerpo y el de us compañeros. Tuvo miedo de reclamar los huesos de su padre. Miedo a revivir la persecución, la pena de esos días. No fue fácil pero él llevó siempre consigo, como apoyo, como compañía, esa carta última del padre que sabía que iba a morir y que quiso con esas letras dar un último abrazo, un último beso a los suyos. Un abrazo que pudiese suplir los muchos que sus hijos no podrían tener.

Felipe Ignacio llevaría consigo la carta hasta que se apagase su vida en San Lorenzo de el Escorial un 10 de abril de 2008.

Es la historia de un republicano más, de un soldado más de los que perdieron una guerra y sufrieron una dictadura. Es la historia de una persona entre miles. Pero esa persona era mi abuelo. Y es mi padre el que no supo la verdadera historia de su abuelo, quien no supo la historia de la persona de la que había recibido su nombre.

Esa persona fue la que, durante mi infancia, me hizo descubrir, paseando por la Herrería o por el Pico Abantos, este trozo de la piel de toro del que vengo y al que, gracias entre otros a él, tanto quiero.

Quizás el mejor homenaje para él es cumplir con su deseo de que se haga justicia con la historia de su padre después de tantos años.

Posted by Alfons at 23:17:31 | Permanent Link | Comments (2) |