Revisitando el dos de mayo
Se acerca el dos de mayo, bicentenario del alzamiento de los madrileños contra los franceses. Desde algunos medios no paran de bombardearnos con discursos patrióticos sobre el significado de esa jornada para la configuración de la Nación española. Los primeros en disparar fueron los políticos y voceros de la derecha. Los gobiernos municipal y regional de Madrid, tan necesitados ahora de fomentar un sentimiento regionalista, se ha apresurado a engalanar la ciudad y a organizar numerosos actos de recuerdo.
El gobierno socialista y sus medios lanzaron sus discursos sobre 1808 algo más tarde y, hace unos días, la Vicepresidenta Fernández de la Vega ponía el comportamiento del pueblo de Madrid aquel dos de mayo como modelo para todos los españoles.
No niego que toda comunidad política necesite de mitos fundacionales para crear consensos y afecciones. Pero el jurista historiador, como también el demócrata, debe afinar mucho a la hora de analizar estos mitos.
¿Qué pasó el dos de mayo de 1808? Todo indica que hubo una (legítima) revuelta en Madrid primero y en toda España después contra las tropas francesas. Fue una revuelta xenófoba y antifrancesa más que patriota y nacionalista. De hecho, según indican estudios como el excelentísimo libro de Álvarez Junco Mater dolorosa, parece que los españoles defendían más la figura del Rey Fernando VII y las tradiciones de la Iglesia y algo menos su sentimiento de pertenencia a una comunidad política. De hehco los franceses volvieron violentamente a España en 1823 para derrocar al régimen liberal y casi nadie en este país alzó un brazo: en esa ocasión los franceses venían a restaurar el orden de la Monarquía católica.
Puestos a conmemorar yo que creo más en los derechos que en los hechos violentos, simpatizo más con lo sucedido en Cádiz en 1812 que con la violencia antifrancesa de 1808. En 1812 la Constitución, aunque con las limitaciones de su tiempo, introdujo tímidamente el lenguaje de la libertad y de la soberanía nacional, ausente de las proclamas de los sublevados años antes. Quien sabe: será cuestión de pusilanimidad o de francofilia congénita. Aunque, si me dejasen escoger, preferiría que celebrásemos el Alzamiento de Riego, la revolución de 1868 o el 14 de abril del 1931. Pero eso sí es demasiado pedir.
En todo caso convendría que políticos y periodistas afinasen y cultivasen mitos más constructivos en lugar de recuperar el populismo belicista y francófobo que generó el 2 de mayo.
El gobierno socialista y sus medios lanzaron sus discursos sobre 1808 algo más tarde y, hace unos días, la Vicepresidenta Fernández de la Vega ponía el comportamiento del pueblo de Madrid aquel dos de mayo como modelo para todos los españoles.
No niego que toda comunidad política necesite de mitos fundacionales para crear consensos y afecciones. Pero el jurista historiador, como también el demócrata, debe afinar mucho a la hora de analizar estos mitos.
¿Qué pasó el dos de mayo de 1808? Todo indica que hubo una (legítima) revuelta en Madrid primero y en toda España después contra las tropas francesas. Fue una revuelta xenófoba y antifrancesa más que patriota y nacionalista. De hecho, según indican estudios como el excelentísimo libro de Álvarez Junco Mater dolorosa, parece que los españoles defendían más la figura del Rey Fernando VII y las tradiciones de la Iglesia y algo menos su sentimiento de pertenencia a una comunidad política. De hehco los franceses volvieron violentamente a España en 1823 para derrocar al régimen liberal y casi nadie en este país alzó un brazo: en esa ocasión los franceses venían a restaurar el orden de la Monarquía católica.
Puestos a conmemorar yo que creo más en los derechos que en los hechos violentos, simpatizo más con lo sucedido en Cádiz en 1812 que con la violencia antifrancesa de 1808. En 1812 la Constitución, aunque con las limitaciones de su tiempo, introdujo tímidamente el lenguaje de la libertad y de la soberanía nacional, ausente de las proclamas de los sublevados años antes. Quien sabe: será cuestión de pusilanimidad o de francofilia congénita. Aunque, si me dejasen escoger, preferiría que celebrásemos el Alzamiento de Riego, la revolución de 1868 o el 14 de abril del 1931. Pero eso sí es demasiado pedir.
En todo caso convendría que políticos y periodistas afinasen y cultivasen mitos más constructivos en lugar de recuperar el populismo belicista y francófobo que generó el 2 de mayo.

